Una de las cosas que han inventado ultimamente es la Medicina Evolutiva: una especie de híbrido entre Hipócrates de Kos y Darwin, basados en el desacoplamiento actual entre el ambiente hostil y los genes que evolucionaron (¿o fueron diseñados?) cuando el cielo era azul.
La medicina explica las enfermedades en claves objetivas, sustentada por la anatomía patológica, la histopatología, la microbiología y la virología. ¿Hay algo de malo en eso?
Bueno, sí. El enfoque biopsicosocial que hoy intenta tomar la práctica médica suele ser mirado por sobre. El problema es que la medicina evolutiva reclama que se miran por sobre los conceptos de salud y enfermedad, y no se comprenden en profundidad.
Yo pregunto: ¡¿Y qué importa?! Me da lo mismo saber por qué don Pedro tiene diabetes si no se toma sus remedios. ¿Es que acaso cambiaría en algo el planeta si supiéramos que el Australopithecus afarensis y el Homo neanderthalensis sufría de DM2? Como si saber las causas, por ejemplo, del calentamiento global salvara de inmediato al pudú.